25.2.09

Cuando éramos inmortales

Cuando aún la mañana no se ha acabado de desperezar, el frío se pega a mi piel. Una sensación antes agradecida, se convierte poco a poco en una amiga mal recibida, antes la piel se tensaba, se suavizaba, despertaba ante el estimulo, mientras que ahora se encoge, se arruga, y rechaza todo lo que no sea calor y bienestar. Hubo otra época, en la que pensábamos que podíamos comernos el mundo, que nada era imposible, no había reto que no encaráramos con valentía, éramos independientes, inteligentes, nos creíamos inmortales.
Hoy me sujetan tus manos, me encuentro a tu merced, frágil y vulnerable. Eres mis ojos, mis piernas y brazos, mi boca y mi luz, y ya nada puedo hacer para recuperar mi autonomía.
(Riomaggiore, Cinque Terre, Italia)

1.2.09

La caja de terciopelo

Un segundo, un minuto, una hora, un día, una semana, un mes, los años pasaban, y ella, lejos de alejarse, se acercaba cada vez más a lo que siempre quiso, recoger el mundo en sus manos y guardarlo en una pequeña caja de terciopelo, colocada al lado de la cabecera de la cama.

Cada vez que oía a alguien lamentarse por el paso del tiempo abría este particular estuche y le regalaba un pedacito de su tesoro personal. A cambio recibía sonrisas, miradas de desconfianza, burlas y abrazos. Sabía administrarlo bien, y lo disfrutaba siempre que podía, porque era conocedora de su caducidad. La gestión de esos trocitos de mundo pasaba a otras manos y dentro de poco ya no le quedaría nada…